domingo, 28 de diciembre de 2014

CARTA DE DULCINEA A DON QUIJOTE. Una incursión en el género epistolar que obtuvo sus resultados.

2009
Continuando con mis recuperaciones, dejo ahora un escrito en forma epistolar con el que participé en el 2009 en un Certamen en Álcazar de San Juan. Quedé finalista en el concurso, aunque luego supe por un miembro del jurado que la discusión estuvo muy reñida. No importan los resultados. Solo sé que fue otro reto superado pues nunca había escrito siguiendo tal fórmula. Enfrentarme así mismo con dos de los personajes más clásicos y emblemáticos de nuestra literatura era un reto más, pero eso sí -ya me conocéis - tenía que darle un halo de actualidad y aquí están los resultados. Recoger el premio y la publicación fue la disculpa para darme un paseo por los molinos contra los que luchó Don Quijote. Aunque ya sabéis, hay teorías que dicen que - en realidad - el viaje del ingenioso hidalgo transcurrió más bien por tierras leonesas y sanabresas.



 
CARTA DE DULCINEA A DON QUIJOTE.

            Mi buen señor Don Quijote:
            No sé muy bien como comenzar esta carta que dirijo a usted sin ánimo de hacerle daño ni ofenderle, pero mi condición de mujer segura de mí misma e independiente me obliga a no alimentarle falsas esperanzas sobre la relación que usted cree que nos une.
            Sé que con los tiempos que corren, cualquier otra mujer en mi lugar estaría orgullosa de sentir sobre ella la mirada de un caballero tan delicado y fervoroso como usted. Pero yo no soy de esa condición. Aunque vaya contracorriente de los tiempos, necesito aire para mí, necesito sentir la misma libertad de que gozan los hombres, ir y venir sin tener que dar explicaciones a nadie y, por supuesto, no sentir sobre mí la enorme losa de la profunda adoración masculina que podría acabar por convertirme en esclava de esa falsa imagen creada por unos sentimientos alimentados por la fantasía, que no por la realidad.
            Yo no deseo ser la prenda de su amor, igual que no deseo recibir sus atenciones y desvelos. No porque no lo merezca, sino porque usted no merece que yo aliente una relación que nunca podrá llegar a buen puerto. Son muchos los años que nos separan, pero además están nuestras ideas y mis esperanzas. Yo no he nacido para convertirme en la dama “de” nadie, para esperar que alguien se fije en mí y me elija como señora de sus sueños y sus anhelos. Quiero ser una mujer libre, independiente, con la libertad de ir y venir sin ser criticada, de hacer todo aquello que deseo aunque ello se considere coto privado de los hombres, tener la posibilidad de enamorarme de quien yo quiera, de luchar por su amor en igualdad de condiciones y de tener la posibilidad de dejarlo – si así me lo dicta el corazón – sin que se me critique por ello de hueca y casquivana. Sé que son vanas consideraciones en un tiempo que sigue creyendo que las mujeres estamos hechas para vivir bajo la estela de los hombres. Pero también sé que si no lucho por mis aspiraciones seré por siempre una mujer infeliz que cubrirá de gris tristeza todo aquello que se cruce en mi camino.
            No sé cómo ha llegado usted a fijarse en mi persona. Pero puedo asegurarle que no soy ni de lejos tal como me imagina en sus sueños. No sé si mejor o peor, pero sí distinta. Si hiciese caso a las personas que me rodean esta situación no habría de importarme, y podría dejarme llevar y aceptar ser el objeto de sus adoraciones. Pero eso no sería justo ni para usted ni para mí. Para usted porque estaría alimentando una mentira que no merece, estaría alentando unos sentimientos basados en una errónea percepción de la realidad que le harían seguir creyendo en mí como en la dama por la que ha de seguir enfrentándose a cuántos peligros se pongan en su camino o en el mío. ¿Y qué pasaría si algún día descubriese que yo no soy esa mujer que ha ido creando en su mente? ¿Tendría que cargar yo con el remordimiento de alimentar un sueño que tal vez le haya llevado a poner su vida en un peligro inminente? No, usted no merece que yo anime sus fantasías, porque no estoy dispuesta a dejarme adorar por nadie.

            Señor don Quijote, no quisiera ser demasiado cruel, pero para ser congruente conmigo misma no puedo permitir que esta “no relación” avance por un camino por el que un día se haga difícil retroceder. Prefiero ser sincera con su persona ahora que aún no hay nada real entre nosotros, ahora que aún es tiempo de que busque a otra mujer que pueda o quiera aceptar ser la “dama” de sus sueños, a esperar a que llegue un día en que descubra por sí mismo que no soy la que usted había soñado, que me vea tal vez en brazos de otro hombre y llegue a equivocadas conclusiones que, según es su carácter, deriven  en desgracias para todos.
            No, no quiero ser su dama, no puedo ser su dama. Soy incapaz de vivir la vida que otros puedan soñar para mí. Necesito sentirme libre para vivir mi propia vida. Tal vez una  que no me permita tantas glorias y tantas ventajas como si le aceptase como mi caballero andante. Pero mi propia vida al fin y al cabo. Si algún día acepto el tributo de algún hombre, desearía que éste fuese aquel en quien mis ojos y mi corazón también se han fijado, que me viera como una mujer de carne y hueso, con sus defectos y virtudes, con sus alegrías y sus tristezas, una mujer que tiene derecho a disfrutar de las cosas que la vida les ofrece en la misma medida que él lo tiene, una mujer que está dispuesta a compartir  su vida, siempre y cuando sea en igualdad de condiciones.
            Sé que esto no es lo que se espera de una mujer de mis tiempos. Pero ¡qué le vamos a hacer! Yo soy así. Quizás mis palabras le escandalicen y piense que estoy loca. Pero puedo asegurarle que no es tal la cosa, simplemente es lo que siento y no me encuentro con capacidad ni con derecho a esconderlo, porque espero y deseo de todo corazón que llegue un tiempo en que todas las mujeres (o al menos la gran mayoría de ellas) piensen como yo, y puedan hacerlo y expresarlo sin temor a ser tachadas de locas, de inconscientes, de casquivanas, o incluso de alguna cosa peor.
            Estimado señor don Quijote, ya sólo me queda despedirme de usted esperando  que pueda encontrar la dama que su persona se merece.  Pero yo le aconsejaría que no la adorara como se adora a una diosa, sino que la baje del pedestal en que a mí me tiene elevada en este momento y que comparta con ella realidades y esperanzas, que se deje acariciar con la mirada enamorada de sus ojos y se permita escuchar sus palabras. Porque las mujeres también sienten, padecen y hablan, como seres que son de carne y hueso.

            Que tenga usted suerte y que el amor verdadero enderece sus pasos por el camino de la felicidad.
                                                                       Atentamente,
                                                           Aldonza Lorenzo
                                   (Dulcinea del Toboso en sus sueños)

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